20 ene 2013
EXPEDIENTE BABEL, (por Kenneth Chávez)- Tomoko es
la estocada final que resquebraja el corazón de Mishima. Muerte en el estío abarca toda esa fuerza estética (de lo bello-cruel)
en que generalmente se somete la literatura asiática, y particularmente la de
este loco y desdichado heredero samurái, amante de la muerte, con una postura
totalmente diferente a esa negación de vida que proponen los europeos en medio
de sus crisis espirituales.
Esta se trata de una muerte auténtica y arraigada
en una tradición milenaria que sólo se puede desentrañar de un código cultural
propio, sin embargo el autor de la Perla
y otros cuentos no se resiste en contarnos la literatura como un espejo de
su vida misma, un testimonio latente que desgarra por sus ataduras en los
tramas psicológicos.
Esta vida desbocada en la muerte, este espejo que
se vierte en un espacio cuyas paredes son espejos traspuestos de un mundo
líquido escurrido entre las manos; esta es la literatura de Yukio, su
testimonio renacerá en cada palabra dicha, como cuando un hombre tiene una mancha de nacimiento en la espalda, a veces
siente la necesidad de proclamarlo: <<Óiganme todos, ustedes no lo saben,
pero yo tengo una mancha color púrpura en mi espalda>>.
La culpa continuará acechando a sus personajes,
porque están hechos de esa sustancia llamada Negación. Tomoko ante su esposo Masaru, seguirá temiéndole, incluso
luego de revelarle que su hermana junto a sus hijas han sido abrazadas por las
profundas aguas de la sureña Península de Izu: -Me culpan y yo debo excusarme ante ellos. Me miran como si yo fuera la
sirvienta atontada que deja caer el niño en el río.
De esta forma, Mishima, quien nunca dejó de
escribir, incluso por unos cuantos yenes, logró fabricar esos personajes mal
queridos, deformados por el miedo, por la zozobra de existir en un mundo donde los
recuerdos son como puntas afiladas que se te clavan en la cabeza. Pobre Tomoko
de papel, no podía dejar de pensar en los
otros dos niños, y el remordimiento volvía nuevamente a asaltarla.
Probablemente, el pequeño Yukio al que todos le
conocieron esos dolores provocados por los golpes fuertes al corazón, o estocadas
invisibles que le produjo la vida trastornada de su madre, le trajo ese mal
querer, esa espina de doble punta con la que dio vida y muerte a estos infantes,
a esta pobre mujer torturada por la culpa, humano inverosímil de aguantar y que
frente a la máquina de coser olvidaba sus
pesares, o bien porque luego perdió
la costumbre de recordar.
Una y otra vez, tratando de matar el recuerdo sin
poder limpiar la sombra de esa muerte, así pienso a Mishima, porque él mismo lo
dice en su ya acorralado destino, el
asesino vuelve siempre al escenario del crimen, como vuelven tus palabras a
tu muerte, porque Tomoko no fue más que tu propia memoria acusándote siempre, y
vos le diste vida, en estas palabras, para luego leerlas en esta página amarilla, para romper esta
página, para quemar esta página, para terminar con todo esto que te sigue, y
que no lograste desaparecer sino con un infinito adiós, más allá del olvido.
28 oct 2012
MNG.OCT.2012 - por KENNETH CHÁVEZ
-Entonces
pusiste a ese pobre charnego, falso charnego, con lo que no me gustan estas
diferencias sociales; a ese charnego sucio, triste, enmascarado, hipócrita y
romántico.
Con lo que no me gustan estas diglosias, lo que me causó más remordimiento de tu juntura de palabras contestatarias, como esa tu literatura, como ese aguijón que entra de refilón sin causar dolor, pero que luego punza por dentro.
Reversé, y no giraste, te quedaste viendo al espejo, contemplando a tu mismo personaje, a ese Marés torturado (tor-tu-ra-do, inocente tu-yo), que le pusiste en su camino a una mujer llamada Norma Valentí y luego se la quitaste.
Y así lo fuiste vistiendo de otro, el ´yo´ tuyo, con su otra circunstancia, y otra mujer tuya en tiempos pasados y que ahora le llamaste Norma, pero que nos duele tanto Norma a todos los que la queremos: viéndola multiplicada en tu palabra.
Entonces ella se fue, y nosotros quedamos extrañándola, pese a que no éramos charnegos y no teníamos doble nacionalidad, y no éramos murcianos ni catalanes, ni vascos, ni de Andalucía, ni como le llaman a esa ciudad toda juntita, y que tiene diferentes nombres.
Y apareció Carmen, Carmina: la ciega amante del tecnicolor, de la pantalla de los dulces sonidos y los recuerdos rotos; de la no-vidente que lo tocaba todo, y que me diste tanto pesar con ella.
Cómo juegas con estos sentimientos sucios, no como Sábato, que me hizo pensar en esos niños que mataban pájaros arrancándoles los ojos con los dedos, si no que ya Carmen estaba así, por puro designio del escritor que juega a ser dios , y que la dejó ciega desde su primer aparecimiento.
Pobre hombre vos, pobre hombre con su tercer hombre hecho humanidad bifurcada, y que así Marés, de tanto verte se vio así mismo, y:
…comprobó su aspecto es el espejo de recepción. Vio a un charnego envarado y atildado mirándole a hurtadillas desde un ángulo del espejo, con media sonrisa socarrona y el ojo verde lubricado de malicia…
Yo te digo, lo que vos mismo te dijiste a través de mí probablemente antes de ese festejado 1990, cuando entonces yo era tu lector inventado, y que me dijiste lo que yo ahora, luego de 22 años, escucho de tu boca cavernosa llena de ecos de palabras, travieso fanequilla:
La soledad se inventa espejos…
Con lo que no me gustan estas diglosias, lo que me causó más remordimiento de tu juntura de palabras contestatarias, como esa tu literatura, como ese aguijón que entra de refilón sin causar dolor, pero que luego punza por dentro.
Reversé, y no giraste, te quedaste viendo al espejo, contemplando a tu mismo personaje, a ese Marés torturado (tor-tu-ra-do, inocente tu-yo), que le pusiste en su camino a una mujer llamada Norma Valentí y luego se la quitaste.
Y así lo fuiste vistiendo de otro, el ´yo´ tuyo, con su otra circunstancia, y otra mujer tuya en tiempos pasados y que ahora le llamaste Norma, pero que nos duele tanto Norma a todos los que la queremos: viéndola multiplicada en tu palabra.
Entonces ella se fue, y nosotros quedamos extrañándola, pese a que no éramos charnegos y no teníamos doble nacionalidad, y no éramos murcianos ni catalanes, ni vascos, ni de Andalucía, ni como le llaman a esa ciudad toda juntita, y que tiene diferentes nombres.
Y apareció Carmen, Carmina: la ciega amante del tecnicolor, de la pantalla de los dulces sonidos y los recuerdos rotos; de la no-vidente que lo tocaba todo, y que me diste tanto pesar con ella.
Cómo juegas con estos sentimientos sucios, no como Sábato, que me hizo pensar en esos niños que mataban pájaros arrancándoles los ojos con los dedos, si no que ya Carmen estaba así, por puro designio del escritor que juega a ser dios , y que la dejó ciega desde su primer aparecimiento.
Pobre hombre vos, pobre hombre con su tercer hombre hecho humanidad bifurcada, y que así Marés, de tanto verte se vio así mismo, y:
…comprobó su aspecto es el espejo de recepción. Vio a un charnego envarado y atildado mirándole a hurtadillas desde un ángulo del espejo, con media sonrisa socarrona y el ojo verde lubricado de malicia…
Yo te digo, lo que vos mismo te dijiste a través de mí probablemente antes de ese festejado 1990, cuando entonces yo era tu lector inventado, y que me dijiste lo que yo ahora, luego de 22 años, escucho de tu boca cavernosa llena de ecos de palabras, travieso fanequilla:
La soledad se inventa espejos…
Arte ilustrativo: Pierre Yves Tremois
17 oct 2012
Bajando al infierno de El lugar sin límites
Por KENNETH CHÁVEZ
La garra del escritor
no se discute, se afirma en posición vertical y penetra desgarrando y limando
las asperezas de esa palabra chata y superflua; Donoso cuánto se aprende de sí
mismo, con su espinazo siempre quebrado, obligándose como un faquir a acostarse
en su cama de clavos, hasta disfrutar el
dolor inicuo, ese dolor de sufrir su propia literatura.
El lugar sin límites (José Donoso, 1967)
se convierte en ese infierno para el escritor homosexual que se transfigura en
su personaje Manuela, como una hazaña apoteósica; pero firme y convincente. Un salir de los subterfugios
de la sexualidad con cierta decencia.
Pero no deja de ser
su infierno, ese Lugar sin límites
debajo del cielo faustiano. El interrogatorio dado en el epígrafe del libro,
que se cierne, que se centra en ese otro raro de la literatura (Marlowe), y que
luego se justifica en el proceder de su narración.
Fausto:
Primero te interrogaré acerca del infierno. Dime, ¿dónde queda el lugar que los
hombres llaman infierno?
Mefistófeles:
Debajo del cielo.
Fausto: Sí,
pero ¿en qué lugar?
Mefistófeles:
en las entrañas de estos elementos. Donde somos torturados y permaneceremos
siempre.
En su carácter sociológico, el asco y aversión sentido
por los hombres y su efecto viril causado, se define con el eje temático que
mueve todo el andamiaje de la obra. Hombres-personajes sumidos en esa miseria
de ser hombres, como un género totalizador, donde todos son la unidad y
representatividad del machismo diabólico que impera en un mundo adverso.
“Estos hombres
de cejas gruesas y voces ásperas eran todos iguales: apenas oscurece
comienzan a manosear. Y dejan todo
impregnado con olor de aceite de maquinarias y a galpón y a cigarrillos baratos
y a sudor....
Así, los hombres son seres despreciados, toscos,
burdos, embrutecidos por el licor y el sexo; personajes torturados y
denigrados, tratando de reinar el infierno indomable que los asfixia, esa vieja
Estación ´El Olivo´, con topos desfigurada,
sin rostro, con la única tendencia de ser recuerdo-olvidado, y anteponerse como
protagonista principal del relator.
Este Olivo, esta Estación, este infierno, este
aturdido inconsciente Donosiano, todo primado por Don Alejo, el dueño de la
casa de las niñas, de todo su fundo, el pequeño Dios que “Tenía (que tiene) los hilos de todo el mundo en sus dedos”,
y seguirá siendo así mientras los Perros Negros estén a sus pies, lamiendo con
generosidad y satisfaciendo sus propios deseos, los deseos ocultos del hombre.
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